Por Carlos Alonso
Algunos, tristes personajes, se aferran al insulto y a vociferar contra los demás por conseguir ese don, que nunca es fortuna, de la popularidad. Otros, un poco más afortunados, asisten complacidos y conformistas a ser ídolos aclamados por las masas y, venerados en su oficio, conseguido a través de su talento y su buen hacer. Esos actores a los que hemos dedicado ríos de tinta y vociferado sus excelentes ejercicios cinematográficos a lo largo de su vida.
Pero cuando el actor se acaba, el actor desaparece y con él parte de su popularidad hasta que Roger Michell decide rendir un profundo, sentido y muy merecido homenaje a los grandes actores retirados y casi olvidados en “Venus”, una película entrañable que permite disfrutarla con una sonrisa de principio a fin, a pesar de su amargo final.
El film se apoya en un sólido guión con unos personajes bien construidos, con dos partes bien diferenciadas, la primera más irónica, y una segunda más agridulce. “Venus” llega a tener algunos momentos brillantes de fino humor británico, pero cuando esa ironía se torna en agridulce, la historia decae sensiblemente, aunque mezcla ternura, fina ironía y algunos toques de melodrama en una proyección de 96 minutos que llega al corazón del espectador, que sin llegar a lagrimear sí se enternece con la cercanía de sus personajes.
Maurice e Ian son dos veteranos actores que siguen trabajando, hasta que aparece la nieta de uno de ellos que altera su cotidiana vida. Bajo este pretexto narrativo, la estrella absoluta de la película realiza lo que mejor sabe hacer: triunfar, trasmitir, interpretar, enseñar el oficio y conseguir una buena parte del éxito de esta película. Se trata de Peter O’toole, uno de los más grandes del cine, que quizá esta noche consiga la apreciada estatuilla del cine americano como mejor actor.
“Venus” es una película para los sentimientos. Para el humor, con su fina ironía, para el drama con sus sensibles sentimientos y también para disfrutar con el oficio del séptimo arte. |