Durante el franquismo, no pudieron acercarse al lugar dónde estaban enterrados sus seres queridos. Con la transición, se les pidió silencio y paciencia. Luego, se les argumentó que ya era hora de olvidar y perdonar. En el año 2002, Isabel y Asunción consiguen abrir las fosas donde habían sido arrojados los huesos de sus hermanos. Se lo habían prometido a sus padres, y a sus noventa y tantos años, no les queda mucho tiempo, ni tienen ganas de escuchar más discursos.
Como ellas, otras muchas personas siguen buscando a sus familiares. Son la cara humana de un debate sobre la memoria histórica que muchas veces se circunscribe al terreno político e intelectual.
|
Los hermanos de Isabel y Asunción murieron en el año 1937, en plena guerra civil española. Pero no perdieron la vida en el frente. Tras la caída de Asturias, volvieron a su pueblo, en Babia (León) y se presentaron en el cuartel de la Guardia Civil. Dos días después fueron ejecutados y arrojados a una cuneta. Ellas apenas tenían 20 años y ya esperaban su primer hijo. Nunca comprendieron lo que había pasado.
El padre de Senén y Santiago, y cuatro vecinos más de Fresnedo fueron detenidos una madrugada del mes de noviembre de 1936. Desde la plaza del pueblo vieron como prendían fuego a sus casas. Luego se los llevaron en un camión. Todo el mundo sabía dónde habían sido enterrados. Tampoco ellos murieron en el frente.
Durante el franquismo, ni Isabel ni Asunción ni tantos otros pudieron acercarse al lugar donde se suponía que estaban enterrados sus seres queridos. No era la muerte castigo suficiente, era necesaria la humillación de la sepultura indigna, la prohibición incluso de llevar una flor. Con la transición, se les pidió silencio y paciencia, y aceptaron, hambrientos de libertad y de aire fresco. Luego, se les argumentó que ya era hora de olvidar y perdonar. Pero poco a poco, aquí y allá, se han ido abriendo fosas en España.
Isabel y Asunción han pasado setenta años buscando los cuerpos de sus hermanos. Al principio, como detectives secretos, luego más abiertamente, acudiendo a quien pudiera ayudarlas. En el año 2002 consiguen que se abran las fosas. Se lo habían prometido a sus padres, y a sus noventa y tantos años, no les queda mucho tiempo.
También en Fresnedo se abren las fosas. Y en ambos casos, se desbordan los recuerdos, la emoción, la polémica. Se produce algo así como una terapia de grupo. Y no pasa nada.
Asunción e Isabel son muy distintas. Una es de izquierdas, la otra conservadora, una es católica, la otra anticlerical. Una se fue de España, la otra se quedó. Ni siquiera fueron amigas en su juventud. Pero sus hermanos murieron juntos, y ellas supieron que aquella era una muerte injusta, desalmada, innecesaria y cruel. Tienen algo más en común: recuerdos de una vida luminosa, aquellos días en que el cielo era intensamente azul, y la gente trabajaba el campo con alegría, y se reunía a contar historias cuando la nieve hacía imposible transitar los caminos, y en las romerías cantaban y bailaban y se enamoraban... Quizás la vida no era tan maravillosa antes de la guerra, pero ellas la recuerdan así. |