Yo no tenía ninguna intención de hacer un segundo Kirikú, pero el niño, el propio Kirikú, sin contar con mi opinión, se impuso, y no me pude resistir. Es una extraña experiencia: por una parte, te sientes un poco sobrepasado por tu propia invención, y por otra parte es como volver a empezar... Kirikú y Las Bestias Salvajes no es una continuación de Kirikú y la bruja, en la que el héroe se ha convertido en un hombre, porque el Kirikú que ha pervivido en la memoria (la del público y la mía propia) es el niño pequeño, desnudo, decidido, despierto, astuto y generoso. Se trataba de mostrar aspectos de su vida que no tuve tiempo de contar. He tenido un placer inmenso al revivir a mi minúsculo héroe, al hacerle luchar, hablar —me ha dictado sus diálogos sin titubear, y lo que decía su madre, y su abuelo, y el viejo gruñón bajo su baobab, y la mujer fuerte, autoritaria pero no indiferente—. Karabá, como siempre, resplandece: aún es sólo una bruja, pero se advierte que esta mujer extraordinaria intriga al niño extraordinario cuya última palabra, en esta película, es para ella.
Me he centrado en mostrar la vida de la aldea, he seguido el impulso de los hermosos y exuberantes decorados agregando un espacio a escala de África y empapando de música toda la película. He trabajado estrechamente con Manu Dibango, aprovechando que vivimos en la misma zona, y hemos podido cumplir nuestros deseos de hacer un espectáculo musical. En cuanto a Youssou N’Dour, siempre está ahí, con sus canciones, tanto las antiguas como las nuevas, canciones que él mismo interpreta, algo que no había sido posible en la primera película. He disfrutado, además de otras ventajas, sobre todo del trabajo providencial con mi codirectora, Bénédicte Galup, colaboradora desde hace mucho tiempo, que se ocupaba de que todo fuera bien. |